El aura y la huella. Iñaki Garmendia revisa a Oteiza y Sarriegui
Publicado por Juan Pablo Huércanos el 17 / 12 / 2013

El busto perdido del pintor José Sarriegui que Oteiza esculpió en 1934, es el punto de partida del proyecto “Ikaraundi-EQDALOS (cabeza arrodillada contra el suelo)”, que el artista Iñaki Garmendia ha realizado para la exposición colectiva Garmendia, Maneros Zabala, Salaberria. Proceso y método,  programada por el Museo Guggenheim de Bilbao.  La pérdida, la ausencia de busto real, pero la permanencia y pregnancia de su imagen, de su representación, es el punto de partida del proyecto desarrollado por Garmendia, que, pleno de resonancias, aborda cuestiones claves de la esencia de lo escultórico y que lo vincula a las obras y a las azarosas vidas de Oteiza y Sarriegui.

Sariegi y Oteiza, alrededor del busto esculpido por éste. Fotografía de Nicolás de Lekuona.

El pintor José Sarriegui (Ordizia 1911-1967)  es uno de las representantes más singulares del arte vasco del siglo XX y su obra y su figura han estado dramáticamente vinculadas a los capítulos más negros de esta historia. Durante finales de los años veinte y principios de los treinta, Sarriegui, junto con Oteiza, Lekuona y Balenciaga, protagonizaron un movimiento de renovación de los lenguajes plásticos de la época y se autopronoclamaron miembros de la vanguardia que, en consonancia con algunas de los objetivos de la asociación de artistas GU, pretendía integrar nuevos modelos de representación en el arte de su tiempo  y confrontarse también con el movimiento del llamado Renacimiento vasco, de voluntad nacionalista y carácter clerical. La amistad entre Oteiza y Sarriegui fue uno de los pilares de esa actividad y fruto de esa posición compartida, Oteiza esculpió un busto de cemento titulado “El pintor Sarriegi”, que representa a su compañero. 1934 es la fecha de realización de esta obra, que pertenece a la primera época creativa de Oteiza, donde todavía la presencia de la materia y sobre todo, del trazo del artista articulan el ser de la escultura.

En ese mismo año, Oteiza esculpió también la cabeza del pintor Balenciaga, expuesta actualmente en el Museo gracias a un depósito particular. Estos dos trabajos retratan la historia de una amistad, pero también contienen la resonancia de la función conmemorativa de la escultura: Oteiza retrata a dos artistas que, si bien apenas se encontraban en los inicios de su trayectoria artística, considera que están destinados a representar el arte y la cultura de su tiempo. Y por si no fuera así, aparece el escultor,  que se encarga de que queden simbólicamente señalados para la historia.

 

Oteiza detras de la obra titulada “El pintor Sarriegi”. Fotografía de Nicolás de Lekuona. Archivo del Museo Oteiza

El archivo del Museo Oteiza contiene algunas imágenes en las que se puede ver a Oteiza y a Sarriegui con la pieza mencionada, junto con otros amigos, como Nicolás de Lekuona, cómplices en esta labor de renovación del arte. Las imágenes respiran el idealismo compartido de esos años, antes de que la Guerra Civil truncara cualquier posibilidad de materialización de estos objetivos. Sonrientes y confiados, así aparecen retratados por Lekuona, junto con algunas de sus obras en el estudio de Sarriegui de Ordizia. En esos primeros años de la década de los treinta, este grupo de artistas participó en diversas exposiciones, especialmente en San Sebastián, vinculadas a los certámenes de artistas noveles, en las que los que cuatro autores recibieron reconocimientos diversos, entre 1928 y 1935.  En estos años, consolidaron su presencia en el incipiente escenario del arte del siglo XX y protagonizaron algunas de las exposiciones emblemáticas de ese periodo, como la titulada “pintura, escultura, fotografía” celebrada en el Kursaal de la capital guipuzcoana en 1934. Oteiza esculpió el busto de Sarriegui para esa exposición.

Grazián, Rezola, Oteiza y Sarriegui en el estudio de este último en Ordizia, verano de 1934.  Al fondo, a la izquierda, pieza de Oteiza, presumiblemente “Cabeza de mujer”.  Foto Nicolás de Lekuona. Archivo del Museo Oteiza

Interior del catálogo de la exposición “Pintura, fotografía, escultura”, con las obras de los tres artistas participantes , que incluye la escultura “El pintor Sariegi”. Archivo del Museo Oteiza

Pero su proyecto de vanguardia no tuvo la continuidad esperada. Primero,  Oteiza y Balenciaga viajaron a Latinoamérica en 1935, con la perspectiva de permanecer allí unos meses, tomar contacto con las realidades culturales del continente y volver para completar su misión transformadora. Balenciaga falleció en México y Oteiza no pudo regresar hasta 1948. La suerte de sus amigos no fue mejor; Sarriegui combatió en la guerra con los batallones nacionalistas del ejército republicano y, tras ser apresado, fue sentenciado a muerte, primero, y recluido en el penal de Burgos después, donde se le condonó la pena capital por la de 30 años de reclusión. Lekuona falleció tras explotarle una granada mientras servía como camillero de la Cruz Roja en el frente de Fruniz, en 1937.

El reencuentro entre Sarriegui y Oteiza no se produjo hasta su regreso de América, en 1948. El escultorde Orio retomó contacto con sus amigos y así se encontró de nuevo con Sariegui, con quien expuso conjuntamente en 1949 en la Feria de Arte de la Asociación Artística de Guipúzcoa, celebrada en Donostia. En esos años, Sarriegui realizó un dibujo de Oteiza, correspondiendo así al busto que éste realizara años antes, que forma parte de la colección del Museo Oteiza.

Retrato de Oteiza realizado por Sarriegui. Papel y lápiz conté. Colección del Museo Oteiza

Pero, tras este reencuentro amistoso, la relación entre ambos de torció definitivamente en 1952. De acuerdo con la documentación epistolar que conserva el archivo del Museo, parece ser que Sarriegui reprochó a Oteiza no haberle  favorecido en la realización de los encargos de los trabajos pictóricos de Arantzazu, lo que irritó sobremanera a Oteiza, que se sintió injustamente calumniado y rompió su amistad de forma tajante. Para entender esta circunstancia, sobre la que parecen planear algunas sombras y malentendidos, resulta necesario tener en cuenta que Sarriegui fue duramente represaliado tras la guerra,  que se enfrentó a grandes dificultades para sobrevivir y sufrió constantes rechazos por su condición nacionalista y republicana. Por todo ello, Sarriegui se vio obligado a aparcar sus anhelos renovadores y realizar una pintura que poco tenía que ver con su voluntad vanguardista inicial. De acuerdo con el relato de algunos de sus familiares,  en los años de la posguerra, fue objeto de numerosos agravios, lo que provocó dolorosas respuestas por su parte,  como la de descolgar sus cuadros de una exposición o, incluso, quemar públicamente sus pinturas en la plaza de su pueblo en respuesta a la censura y la presión a la que estuvo sometido por las autoridades de la época.  Por su parte, la cabeza de Sarriegui esculpida por Oteiza desapareció para siempre.

Décadas después de estos acontecimientos, Iñaki Garmendia ha realizado el proyecto que ahora se expone en Bilbao, que encarna la posibilidad de acercarse, de nuevo desde el arte, a la pérdida y la desaparición.  Garmendia lleva tiempo elaborando los materiales que conforman esta aproximación; los primeros rastros se pudieron ver en la exposición que realizó, el pasado mes de mayo, en la Galería Moisés Pérez de Albéniz,  en la que mostró unas primeras axiometrías de la cabeza original, realizadas a partir de su reproducción fotográfica. Las tres piezas (luego integradas y ampliadas hasta cinco en la obra del Guggenheim) mostradas en esa exposición dieron primera cuenta de los inicios de esta obra.

Imagen parcial de la obra “Ikaraundi-EQDALOS (cabeza arrodillada contra la pared)” de Iñaki Garmendia, durante su exposición en la Galería Moisés Pérez de Albeniz.

 

En el proyecto que se expone actualmente en Bilbao, son varios los elementos que conforman la instalación y que articulan esa aproximación diferida a la huella de esta pieza. En la estructura central, unas imágenes resultantes del proceso de reconstrucción de la obra se proyectan sobre una reconstrucción del busto a base de secciones (con ecos del modo compositivo de las cabezas constructivistas de Naum Gabo), que, señalado en una peana-pedestal, genera a su vez una secuencia de perfiles y sombras sobre un fondo de imágenes proyectadas. La altura a la que está situada la pieza juega aquí un papel primordial. Aunque, seguramente, su altura sea una condición necesaria para su interrelación con el flujo de imágenes, la ocupación de un lugar preeminente en la instalación, casi sacralizado, parece enfatizar su posición simbólica, pese a su condición de pieza “incompleta” en su materialización más literal. Repetición, melancolía y pérdida, emergen en torno a una pieza abocada a no aparecer del todo, a que su rastro no sea más que una huella. Una pieza condenada a que su presencia aurática no se materialice… Circunstancias postreras que han impedido la inclusión de una reproducción más aproximada de la pieza de Oteiza han añadido más extrañamiento a este continuo desplazamiento incompleto entre imagen y  objeto, que, mediado por la cadencia en la repetición de las imágenes proyectadas y la articulación fragmentada del proyecto, parecen remitirnos a los límites de la escultura y del arte para representar la real y dar cuerpo a aquello que nos conmueve. ¿La foto del original perdido? ¿La reinterpretación fragmentada realizada por Garmendia? ¿La historia y el viaje por el tiempo que encarnan? ¿Todo y nada a la vez? ¿Los anudamientos generados entre todos estos elementos?

 

Fotografía dibujada de Nicolás de Lekuona, donde se le ve sentado encima del busto de Sarriegui, acompañado por Rezola y Oteiza, Ordizia, 1934. Archivo del Museo Oteiza.

Iñaki Garmendia, Boceto de “Ikaraundi-EQDALOS (cabeza arrodillada contra la pared) [Ikaraundi-EQDALOS (burua paretan kontra belaunikatuta)]”, 2013. Guggenheim Bilbao Museoa.

 

Finalmente,  en la obra de Garmendia, en su condición contingente, el discurso no es “sobre” el objeto, sino que es el objeto mismo el que irrumpe y sobre esta presencia metonímica se articula la trama. Además, esta presencia que viaja del pasado y adquiere presencia escultórica procede de una imagen, de una representación del objeto, estableciendo un bucle infinito y que genera su propio espacio temporal, arrancado al tiempo de la vida y del arte.

Iñaki Garmendia, “Ikaraundi-EQDALOS (cabeza arrodillada contra la pared) [Ikaraundi-EQDALOS (burua paretan kontra belaunikatuta)]”, 2013 (detalle). Papel, metal, tablero de DM, madera y proyección. Dimensiones de ubicación específica. Guggenheim Bilbao Museoa. Photo: © FMGB Guggenheim Bilbao Museoa, Bilbao/2013.

 

 

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