Exposición

Nuevo depósito: Jesús en el Jordán


  • Se trata de una pieza singular realizada por Jorge Oteiza en 1933  depositada en el centro de Alzuza

 

La escultura de Jorge Oteiza Jesús en el Jordán, realizada en 1933, es la nueva protagonista del Museo de Alzuza, que acoge y exhibe esta singular pieza, perteneciente al primer periodo creativo del artista. Se trata de una obra en  depósito procedente de la colección Familia Pagola Hernández y que se mostrará durante un año, completando así el conjunto de obras realizadas por el artista en los primeros años de la década de años treinta, antes de su partida a Latinoamérica.

Jesús en el Jordán se enmarca dentro del conjunto de obras realizadas por Jorge Oteiza en sus primeros años de creación escultórica y su presencia en el Museo Oteiza constituye una aportación esencial a la compresión de este temprano periodo creativo, del que se conservan pocas esculturas. Este vaciado en yeso (77 x 25,5 x 22 cm) se corresponde con la primera fase de su producción artística, muy vinculada a la búsqueda de la expresión través de la figura humana.

Esta obra muestra una figuración depurada que se corresponde con un primer interés de Oteiza por explorar las posibilidades de una escultura subjetiva, cada vez más alejada de la literalidad y que encontraba en la concepción armónica y en el rigor formal una nueva manera de expresarse, en consonancia con las propuestas de otros artistas de la época como Francisco Pérez Mateo, Cristino Mayo, Jacob Epstein, Eduardo Díaz Yepes Dimitri Tsaplin, André Derain y Antoine Bourdelle, o incluso Alberto Sánchez en su búsqueda de una verticalidad esencial.

 

La pieza pertenece a la serie de obras realizadas antes de emprender su viaje a Latinoamérica y que Oteiza mostró en la exposición de la Bienal de Artistas Noveles de Gipuzkoa celebrada en San Sebastián en 1933, en la que mereció el primer premio de Escultura.

 

A partir de su participación en la Bienal, Oteiza tomó contacto con otros jóvenes artistas como Nicolás de Lekuona, Narkis Balenciaga y José Sarriegi, con quienes participó activamente en la renovación de los lenguajes plásticos de la época y que estuvieron vinculados al movimiento denominado “Renacimiento vasco”, desarrollado en las primeras décadas del siglo XX y en especial durante la Segunda República. Un período marcado por la intensa generación de nuevos referentes estéticos y  que quedó truncado por el estallido de la Guerra Civil. Oteiza, más teórico que sus compañeros, ya en esa primera época entendió que el arte no constituía un fin en sí mismo, sino una práctica “destinada a servir de instrumento para la realización de un proyecto personal y colectivo”, como señaló en ese momento.


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